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Crónica de una inquieta varada en Turquía – Parte 1

Faltaba media hora para aterrizar en Estambul cuando el piloto del avión que salió de Buenos Aires el domingo por la noche avisó que el vuelo se iba a desviar a Ankara debido a una tormenta de nieve que paralizó a la ciudad más grande de Turquía. Así, a diez mil pies de altura, empezaba la aventura de quedar varada en un destino inesperado, con grados bajo cero, y la incertidumbre, angustia y jetlag a flor de piel.

Al bajar del avión en Ankara, el frío te pegaba una cachetada en el cuerpo y la nieve apilada en la pista de aterrizaje daba la sensación de un gran algodón de azúcar, frágil pero helado, y dibujaba una idea de la magnitud de la tormenta que había tenido lugar horas atrás. En Ezeiza ya me había percatado del olvido de mi bufanda tamaño frazada, y apelé a la improvisación para cubrirme: la manta que te ofrece la aerolínea se convirtió en una aliada inseparable durante los días por venir, y no sólo para mí.

Al mal tiempo, ni buena cara. Algunas de las postales blancas en Ankara. Enero 2022.

Al bajar del avión nadie entendía qué había que hacer. Seguí al rebaño por los pasillos del aeropuerto, hasta llegar a una escalera mecánica que bajaba hasta los controles migratorios. A medida que descendíamos, nuestras dudas ascendían: ¿Pasamos por migraciones y qué mostramos? ¿Hay que pagar visa? ¿Tenemos que buscar nuestras valijas? ¿Qué pasa con nuestros vuelos de destino final?

Me acomodé en una fila improvisada, miré alrededor y las caras de dudas y dieciséis horas de vuelo se repetían debajo del barbijo y los abrigos espontáneos que rodean el cuello. Nadie de la aerolínea o del aeropuerto para preguntar. Era casi medianoche en esa parte del mundo. La fila se desarmó, se volvió a armar otra, con la misma gente, pero más encaminada. Había que pasar migraciones, mostrar la cara y estampar el pasaporte. ¿Y ahora qué?

Hasta llegar al hotel, la aventura puede ser separada en etapas. La siguiente, más tensa e incierta que la bajada del avión y migraciones, fue la espera de las valijas. Cuando alguien de la empresa se acercó y avisó que había que retirar el equipaje, el malestar había aumentado y el cansancio también. Los grados bajo cero afuera, y la poca ropa abrigada, tampoco ayudaban. Quizás habían pasado 10 minutos, pero allí, el tiempo se congeló como la pista de aterrizajes.

El aeropuerto de Ankara es un poco más grande que la estación aérea de Neuquén, pero mucho más chico que Aeroparque. Sin embargo, la recolección de equipajes fue poco menos que civilizada. Sin instrucciones, dedujimos que los equipajes saldrían por la cinta del medio, aunque había valijas en las otras dos cintas transportadoras del aeropuerto.

Las pertenecías, perfectamente cerradas y muchas envueltas en el plástico poco eco -friendly, empezaron a caer como meteoritos por la única cinta en movimiento. Sin embargo, no sólo correspondían al vuelo que había partido desde Buenos Aires/San Pablo, sino también a otros que habían desviado ante el cierre de las operaciones en Estambul.  Arrancaba, caían un par de valijas por la cinta, y se volvía a parar. Arrancaba, caían valijas, stop. Arrancaba… y así, el paso del tiempo se derritió como los relojes de Dalí por la bronca que se empezaba a acumular entre el grupo de ahora varados/as en Ankara.

Spoiler alert: imagénes del trayecto hacia las oficinas de Turkish Airlines. Enero 2022.

El estallido de una valija contra la cinta al caer generaba preocupación entre quienes traíamos líquidos – léase destilados artesanales, en mi caso- y el encuentro con el equipaje propio traía alegría y cuotas de humor en el grupo improvisado amontonado que hablaba español en mi sector de la espera.  Sí algo me caracteriza es la facilidad que tengo para hablar con la gente, y otros seres vivos, así que rápidamente me agrupé con otras personas de Argentina, con quienes pasaría el resto de las etapas-aventuras.

En el vestíbulo de salida, el merchandising de la compañía aérea me volvió a ayudar contra el frío y el par de medias que viene en el kit de viaje abrigó un poco mejor mis pies, y no sólo a mí. Mientras, la siguiente etapa se estaba gestando: la espera del colectivo que nos llevaría al hotel. La mente, confundida por los husos horarios y la circunstancia, se mantenía despierta mientras el cuerpo, cansado del vuelo, el frío y el estrés, pedía a gritos una ducha y una cama. En mi caso, también pedía comida.

El aeropuerto y la ciudad cubiertas de un manto blanco. La ventana de la habitación del hotel. Enero 2022.

Como ganados, se armó otra fila kilométrica en el vestíbulo de salida del aeropuerto, ahora ya cargados/as con los bártulos y preocupaciones, pero siempre apelando al humor y la compañía para transitar la situación entre el grupo de Argentina. El personal del aeropuerto, con poco inglés y poca empatía, estaba desbordado ante el contexto, y como podían -a los gritos- nos tiraban alguna instrucción.  Al salir, el frío te cacheteaba el cuerpo otra vez. Acomodamos las valijas en la parte de abajo del colectivo, elegimos nuestros asientos, y la falta de certeza, presente: ¿Adónde nos llevan? ¿Estamos cerca o lejos del centro? ¿Qué pasa con los siguientes vuelos? El colectivo se completó con gente y con el equipaje que no entró en la bodega.

La temperatura marcaba grados bajo cero y el paisaje blanco protagonizó todo el camino hacia el hotel. Días después notaría que el recorrido hacia el centro de la ciudad desde el aeropuerto no había sido tan largo, pero en ese entonces, los minutos tenían su propia velocidad que no coincidían con el reloj del celular, ni el biológico. El colectivo frenó sobre una avenida, donde la presencia de reiterados night clubs llamó la atención de muchos /as del grupo. La comunicación con el personal de la aerolínea, a esa hora de la madrugada, se basaba en señas y movimientos de mano. La instrucción: bajar, recoger el equipaje y caminar por una calle angosta, por donde el colectivo no podía acceder.

Con el equipaje y el cansancio a cuestas, y en medio de algunas resbaladas, caminé hacia el lobby del hotel junto a la manada, y ¿adivinen qué? Pues claro, formamos otra fila para registrar el ingreso al tan esperado descanso del día, noche, momento. Salir a la medianoche del domingo y estar en la madrugada del martes es sentirte que fuiste estafada por el tiempo y que afloren las dudas existenciales más superficiales sobre las últimas horas vividas… Sin embargo, quitando los usos horarios, la circunstancia y la exageración, sólo había pasado un día.

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