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CRÓNICA DE UNA INQUIETA VARADA EN TURQUÍA – PARTE II

La primera etapa de la aventura estaba completa. Ya instalada en el hotel, con una ducha caliente, una sopa de noddles y el primero de dos vuelos cancelados, me alisté para dormir, aunque el sueño llegó cuando el cielo empezaba a aclarar y el reloj marcaba medianoche en Argentina. El desayuno fue el lugar donde se gestó el grupo de WhatsApp que mantendría al rebaño informado sobre las últimas novedades.

Empezaba un nuevo día y una nueva aventura: la reprogramación de los vuelos de destino final, ahora con vuelo agregado desde Ankara a Estambul. Las noticias sobre el “mejor aeropuerto” del año, como así fue reconocido unas semanas más tarde, no eran alentadoras. Todos los vuelos se mantendrían cancelados durante todo el martes y las operaciones aéreas volverían al día siguiente, es decir, el miércoles.

En manada, partimos a las oficinas más cercanas de Turkish Airlines para reclamar lo que nos correspondía y tener algunas certezas. En mi caso, estaba volviendo al lugar donde decidí migrar hace tres años, pero mucha gente estaba viajando por vacaciones o compromisos laborales, y tenían más vuelos de conexión y alojamientos pago. La angustia se podía sentir debajo del barbijo. Luego de las gestiones, los vuelos a Estambul saldrían entre el miércoles y el viernes con sus respectivas conexiones a los destinos finales, todo dependiendo de las inclemencias climáticas y la disponibilidad del staff de la aerolínea.

Como dicen los dichos: al mal tiempo, buena cara; no hay mal que por bien no venga, y sí la vida – o el cambio climático- te da una tormenta de nieve en Turquía, pues haz turismo. Finalizada la visita obligada por las oficinas, había que organizar la estadía por dos noches más, dado que, en mi caso, estaría en la capital turca hasta el jueves a la mañana. Inquieta de metro y medio y curiosa por naturaleza, opté por recorrer algunos sitios turísticos recomendado por la gente local. De descansar, bien gracias. Aquí, la compañía de una parte del grupo de argentinos/as se volvió casi imprescindible para poder sobrellevar la tormenta de nieve, y las propias.

Mi primera mezquita. Las mujeres rezan en un espacio diferente que los hombres.

Así fue como entré a una mezquita por primera vez en mi vida y quedé alucinada por los azulejos que vestían sus paredes o el silencio que hacía eco ante de la inmensidad de una cúpula revestida en una araña de cristales. También me descalcé para entrar y me cubrí la cabeza con la frazada de la aerolínea. Recorrí el centro de la ciudad, que al final quedaba a cinco minutos caminando del hotel, y encontré que huele a çay (té turco), choclo hervido y castañas asadas. Me di una panzada de baklava, unos bocaditos de masa filo rellena con pistachos o nueces trituradas y bañados generosamente en almíbar, y degusté con mucho placer cada comida ofrecida en el hotel: quizás, que hayan sido gratuitas, también ayudó a sazonar las sopas, platos principales y postres servidos durante los días de estadía forzada.

Delicias turcas…y por supuerto, té.

Como alguien que disfruta la Historia dentro de los viajes, visité el mausoleo de Mustafa Kemal Atatürk, el líder de la Guerra de Independencia y el fundador y primer presidente de Turquía, de quien no sabía absolutamente nada. La visita a un monumento impactante, que cuenta el devenir de un país, me sirvió para indagar más sobre la historia de un país que no tenía dentro de mi mapa personal de lugares por visitar. En un breve análisis y carente de más sustento científico que mi observación de turista varada, diré que Ankara es una ciudad que, por momentos, me recordó a Europa por los edificios y otras costumbres, pero que tiene una fuerte impronta musulmana.  Además, adoré el té, las comidas en general y, sobre todo, las aceitunas (olivas) y quesos.  

Mi estadía en Ankara se estaba terminando y antes de viajar decidí descansar un poco. Sin embargo, los mensajes sobre un nuevo vuelo cancelado bloquearon mi sueño. Se trataba del vuelo que me llevaría a Estambul para, finalmente, tomar el siguiente hacia Dublín. A esa hora de la madrugada, no había posibilidades de comunicarse con nadie, ni ir hacia las oficinas de la aerolínea, y las dudas sobre qué hacer se colaron en la tranquilidad de la noche fría. Opté por ir al aeropuerto para tener más certezas sobre la siguiente etapa.  A las 5am y con la temperatura marcando -10 grados, me tomé un taxi junto a A., otro de los argentinos varados.

En el mostrador de la aerolínea, expliqué cuál era mi situación y rápidamente me cambiaron el ticket para el siguiente vuelo, que afortunadamente, partía dentro de dos horas. Despaché mi valija, presenté todos los papeles, hice el control de seguridad, y me senté a tomar un té con baklava en la confitería del aeropuerto. Sentía una mezcla de alivio, de cansancio, de agobio, pero ya faltaba menos para volver, o eso quería creer.

El mausoleo de Mustafa Kemal Atatürk.

 El vuelo de Ankara – Estambul es corto y cuenta de más maniobras terrestres que aéreas: apenas 20 minutos en el aire nos separaban de la ex Constantinopla. Al llegar, se podía apreciar los escombros de la tormenta de nieve que forzó el cierre del aeropuerto y rompió el techo de vidrio de una las terminales: pilares de una espuma sólida y blanca adornaban las pistas de aterrizaje.

Estúpido y sensual Estambul.

El aeropuerto de Estambul destila lujo y multiculturalidad (como un no-lugar, Augé dixit). Tiene grandes ventanales de vidrio y tiendas de marcas ostentosas. Dada su magnitud, hay que caminar y caminar para moverse entre los mostradores, los controles de seguridad y migraciones, las terminales y la respectiva puerta asignada a cada vuelo. A esta altura, era un ente vagando entre cada instancia, no soportaba el ruido, la gente, ni el tiempo, ni mi cuerpo. Sin embargo, acompañé a A. con su cambio de ticket para su destino final y me despedí cuando entró a la sala para hacerse una nueva PCR, como así le pedían desde la aerolínea para poder emitir su nuevo boleto. No lo iba a ver más dentro del aeropuerto ya que mi vuelo salía al mediodía, o eso quería creer.

Seguí vagando por el aeropuerto hasta la hora del vuelo que me traería hasta Dublín luego de tres días en la capital turca en una forzada estadía de la cual supe aprovechar para hacer turismo. Hice compras en el duty free. ¿Acaso compré té turco? La respuesta no le sorprenderá. Y admiré las obras de arte de la artista turca Deniz Sağdıç, cada una de las piezas hecha con materiales reciclables: telas viejas, cables, tapas de botellas, tickets de pasajes, etc.

Las obras de la artista turca, un poco de arte entre tanto barullo aeroportuario.

Se acercaba la hora de embarcar. La pantalla marcaba la puerta asignada y el tiempo que te toma llegar ahí. Tomé aire y me mentalicé los 15 minutos a pie, acarreando mi equipaje de mano, mi mochila y mi cuerpo cansado por el trajín. Me sumé a la fila para mostrar la documentación para embarcar y aguardé el llamado final. Sentía alegría y alivio por abordar el avión que finalmente me llevaría a isla donde elegí vivir, o eso quería creer.

Me acomodé en mi asiento, me tapé con la manta y me puse a ver una serie mientras esperaba que el resto de los/as pasajeros/as se acomodara. Terminó un capítulo, todos/as acomodados/as y el avión no se movía. Terminó el segundo capítulo y seguíamos ahí. Al comienzo del tercer capítulo, y casi cabeceando del sueño, el capitán dio el anuncio: por problemas técnicos, no podíamos despegar y teníamos que cambiar de aeronave. A esa altura, no sabía sí reír, llorar, respirar y continuar. Parecía una broma muy pesada y ya no tenía ánimos para expresarme. Al descender del avión, el nuevo rebaño esperó la información de la aerolínea. El vuelo estaba demorado por dos horas y debíamos cambiar de puerta. Como una procesión, caminamos lento pero esperanzados hacia el nuevo destino y esperamos por el nuevo anuncio de embarque… que no llegó. Ahora, por problemas de staff, el vuelo se reprogramaba para dentro de cinco horas dependiendo de si tenían personal de cabina disponible. A esa altura, había perdido todo tipo de fe y pensé que me quedaba varada de nuevo, esta vez, en Estambul.

Una vez más, la aerolínea proveyó de refrigerios y comida mientras se hacía la hora de embarque. Tenía apenas unas horas de sueño, tres días de varada con temperaturas bajo cero y una nueva espera a cuestas. Qué parte de mi cuerpo no estaba adolorido, es difícil de recordar. En ese caos, mi compañero R., quien me esperaba en Dublín, me sugirió darme un baño y me compartió el link de la tienda donde estaban ubicados los servicios: fue el dinero mejor invertido ese día. El agua caliente me despertó, relajó, y cambió el humor para afrontar la siguiente etapa sin saber sí ese avión despegaba y podía, finalmente, llegar a destino.

¿Me quedé varada en Estambul? ¡No! A la hora estipulada, el televisor marcó la palabra “Embarcando” y rápidamente se formó una fila para subir al avión.  En esa espera, me encontré de nuevo con A. y con M., otros dos de los argentinos varados, y me despedí, esta vez, sabiendo que no me los volvería a cruzar, por lo menos, en un tiempo. Me acomodé en mi asiento con mi manta y me dormí hasta que llegó la comida. Seguí durmiendo hasta aterrizar en la isla sin sol que hoy es mi casa. Había llegado a Dublín. Habían pasado 84 años…

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